Joan Miró nació en Barcelona en 1893. Si bien sus raíces familiares, que se localizan en Tarragona y en Palma de Mallorca, son a menudo perceptibles en su obra. En sus primeras pinturas encontramos influencias de Van Gogh, Cézanne, el fauvismo, el cubismo y el futurismo. En Barcelona solía frecuentar las Galerías Dalmau, centro de arte de vanguardia, donde, durante la Primera Guerra Mundial, se daba cita artistas internacionales y donde Miró expuso por primera vez, en 1918. A partir de esa fecha, desarrolló un nuevo estilo pictórico, más detallado y caligráfico. Siguiendo el ejemplo de otros artistas catalanes y españoles, en 1920 realizó un viaje iniciático a París. Allí tuvo su primer taller en el número 45 de la rue Blomet, contiguo al del pintor André Masson, quien congregaba a jóvenes literatos, poetas en su mayoría. Estos contactos, así como las lecturas de Apollinare, Jarry, Lautréamont y Rimbaud, entre otros autores, infundieron un giro en la pintura de Miró, que pronto sustituyó el realismo por la imaginación, con una clara voluntad de superar lo puramente plástico, actitud que le aproximó al grupo surrealista. Hacia finales de los años veinte, anunció la crisis de la pintura y se decantó por técnicas como el collage y el assemblage de objetos.
A comienzos de los años treinta, Miró retomó la pintura con el propósito de "lograr progresivamente la mayor claridad, fuerza y expresividad plástica; es decir, de provocar primero una sensación física cuyo objetivo último es el alma." El dramatismo y la tensión de la figuración predominan, sin embargo, en su obra desde el verano de 1934. Fue el presentimiento de una catástrofe próxima, la guerra civil española. Miró transcribía la atmósfera trágica que lo oprimía, la angustia de la muerte, y nada hay tan elocuente como la comparecencia de monstruos en unas obras que él mismo denominó "pinturas salvajes" y en las que el detalle, la perspectiva y las sombras reaparecían con marcada intensidad. Con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, que Miró vivió de cerca, la expresión de la angustia daba paso a un anhelo de evasión y de regeneración. Abandonó el realismo trágico, el modelado y el claroscuro, sentando las bases de un nuevo lenguaje, una nueva armonía fruto de la comunión del mundo celeste con el mundo terrestre. Con las Constelaciones establecía un vocabulario de formas, un alfabeto propio o lenguaje básico integrado por términos recurrentes como "mujer", "pájaro", "sol", "luna", "estrella", que perduraría en su obra hasta el final.
A partir de los años sesenta, se aprecia en las telas de Miró un progresivo aislamiento de los signos y una simplificación de las formas y los colores, de acuerdo con su aspiración de obtener la intensidad máxima con el mínimo de medios. En algunos casos, el signo incluso desaparece. La pintura de Miró devenía, así, cada vez más gestual.